jueves, 5 de mayo de 2011

La muerte del símbolo

La vida de Osama Bin Laden cambió en el año 1979, cuando decidió acudir a las montañas de Afghanistán para luchar contra la invansión soviética. Hasta aquella guerra, era un árabe universitario descendiente de una familia rica saudí, educado en las estrictas creencias Wahhabis; después de aquella guerra, se convirtió en un lider para los creyentes de la jihad violenta.
Su mitificada historia era atractiva para las almas radicales: el joven rico que se convirtió en guerrero.

Su fama y riqueza le permitieron crear la organización Al Qaeda (la base). En un principio, nació como un mero registro de muyahidin, el ejército, financiado por saudíes y americanos, que combatió en Afghanistán contra la Unión Soviética. Con el fin de aquella guerra, Bin Laden convirtió a America en su gran objetivo: "Descubrí que no era suficiente con luchar en Afghanistán, pero que teníamos que luchar en todos los frentes contra el Comunismo y la opresión occidental. Lo urgente era el Comunismo, pero el siguiente objetivo era America", declaró en 1995 a un periodista francés, según redacta The New York Times. Al Qaeda se constituyó así como una red internacional y descentralizada de terroristas.

El 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda secuestró cuatro aviones americanos comerciales y los estrelló contra las Torres Gemelas en Nueva York, el Pentágono en Washington y un campo de Pensilvania. Murieron cerca de tres mil personas. La imagen de la caída de los dos rascacielos de Manhattan se grabó en nuestra memoria: las sociedades occidentales podían ser atacadas, los peligros eran mundiales, nuestra seguridad era vulnerable. Comenzó una nueva era occidental: nuestro mundo ya no era seguro.
Osama Bin Laden, el creador del grupo terrorista, fue el arquitecto de la matanza. El mundo personalizó aquella amenaza incierta. Su cara se convirtió en el rostro del terrorismo internacional. Su persona se convirtió en el símbolo del terror global.


El pasado domingo, cuando los americanos mataron a Bin Laden en su refugio pakistaní, miles de ciudadanos lo celebraron en las calles. Este hecho, y la legitimidad de la acción, ha sido apoyado por algunos, y cuestionado por otros.

El editorial del miércoles 4 de mayo del "New York Daily News" lo tiene claro y asume una tesis concreta: no hay nada inmoral en celebrar una victoria en una guerra y Osama Bin Laden era un enemigo de guerra. El profesor holandés de Derecho Internacional, Geert-Jan Knoops, encuentra interesante la cuestión, y opina lo contrario: la coherencia con el Derecho Internacional hubiera sido arrestar a Bin Laden y juzgarle en Estados Unidos.

Richard Bulliet, profesor en la Universidad de Columbia, ha concluído en el "New York Times" que Osama es un icono irreplazable para los jihadistas, y que eso perjudica al terrorismo. El que fuera alcalde de la ciudad de Nueva York en 2001, Rudi Guliani, comentó que Bin Laden era "más un símbolo que otra cosa", y que "también es importante que caigan los símbolos".

Una de las reacciones más comentadas ha sido la euforia desatada en muchas universidades del país, en Pensilvania, Washington, Tenneesse o California. Estos jóvenes estudiantes tenían apenas diez años cuando los ataques del 11 de septiembre. Precisamente por eso, comentan algunos expertos y los propios estudiantes, su mundo siempre ha estado amenazado por la sombra de Osama Bin Laden. Como afirma una noticia de CNN, la muerte de Bin Laden supone la muerte del coco para esta generación. Uno de mis contactos americanos en Facebook publicó el domingo por la noche: "Se acabó el juego del escondite más largo del mundo. Le tenemos. Vamos América".

La memoria infantil de estos niños se formó a la vez que el ideario colectivo adulto del siglo veintiuno. Osama Bin Laden era el "monstruo de debajo de la cama". Osama Bin Laden era el símbolo del terrorismo global, el icono de la inseguridad post-moderna.

domingo, 1 de mayo de 2011

Un oasis de tentaciones

Cuando caminábamos por la acera del hotel Caesar Palace, nos encontramos con un hombre de traje, sonrisa perfecta y peinado impecable. Era uno de los encargados de las relaciones públicas de la discoteca Pure, en la planta décima del famoso hotel.
Le dijimos que queríamos entrar en la sala de fiestas aquella noche, y el hombre apuntó nuestro nombre en la lista de invitados de su blackberry. Inmediatamente, envió nuestra referencia a alguno de sus compañeros que esperaban en la puerta de la discoteca. Allí estos gorilas refinados revisaban las listas de invitados. No lo hacían en papel, ni en teléfonos móviles, sino en Ipads. Nuestro nombre estaba registrado. Era nuestra segunda noche en Las Vegas.

Las Vegas es una ciudad artificial en medio de un paisaje rocoso y polvoriento. Para llegar hasta aquí desde Los Ángeles, hay que recorrer la autopista interestatal I-15, que atraviesa el desierto de Mojave. Durante cuatro o cinco horas, uno recorre un mar de dunas de arena, cactus, y casas desorientadas, para, de repente, chocar con una aglomeración de anuncios luminosos, hoteles inmensos, espectáculos ruidosos. Llegar por la noche es, aún, más sorprendente: las luces de neón de los hoteles de su calle principal, El Strip, o Las Vegas Boulevard, deslumbran al visitante, que no da crédito ante tal espejismo.

El crecimiento de esta ciudad tuvo lugar con la llegada del ferrocarril en 1905 y la construcción de la presa Hoover en 1930. Era un lugar de paso de los aventureros que se dirigían a California. En 1931, sin embargo, todo cambió. Los gobernantes del estado de Nevada decidieron hacer algo para superar el desastre económico que provocó la Gran Depresión: legalizaron el juego de apuestas y, con restricciones, la prostitución. También redujeron los trámites para contraer matrimonio y divorciarse. Entonces nació la ciudad del pecado. El primer gran hotel-casino, el Flamingo Hotel, fue construido en 1946 por el mafioso Benjamin Bugsy Siegel. El primer campeonato de poquer se celebró en 1951. Desde entonces, turistas, aventureros y espectadores de todo el país y el mundo vienen a este lugar para entretenerse, divertirse y asombrarse.

No toda la ciudad vive dentro de ese mundo loco e irreal. Las Vegas tiene más de medio millón de habitantes permanentes, algunos museos e universidades y hay gente que, incluso, ha nacido y establecido su vida habitual aquí, como es el caso del popular tenista retirado André Agaasi.

Sin embargo, la realidad es que la esencia de la ciudad se concentra en la calle de las tentaciones, Las Vegas Boulevard. El renacimiento tardío de esta calle comenzó con la construcción del hotel Mirage, en 1989, en cuya discoteca "Jet" bailamos un par de noches. Aquí se levantan inmensos hoteles-casinos como el Bellagio, cuyo espectáculo de fuentes concentra a los paseantes; el Luxor, con el rayo de luz más potente del mundo; o el New York-New York, con una montaña rusa externa. Todos ellos tienen piscinas internas, casinos inmensos, restaurantes, tiendas y una concurrida agenda de conciertos y espectáculos de grandes artistas, como Elton John o Celine Dion. Por sus aceras, hay artistas callejeros, tiendas de grandes marcas y bailarines ambulantes. En sus interiores, la gente continúa apostando dinero, jugando a cartas o sentado en las máquinas tragaperras.


Un oasis se define como "un sitio con vegetación y a veces manantiales que se encuentra aislado en los desiertos arenosos". Las Vegas no tiene vegetación ni manantiales. Pero sí es un paisaje distinto dentro del desierto que la rodea, y del mundo en que vivimos. Es un oasis, pero de tentaciones.

martes, 19 de abril de 2011

El ejemplo de William R. Hearst

"Usted ponga las fotos, que yo pondré la guerra", le dijo William R. Hearst al corresponsal de su periódico en Cuba cuando no llegaban noticias en la antesala de la guerra contra España en 1898.
William R. Hearst (1863-1951) fue una persona ejemplar: demostró al mundo cómo ser un gran empresario, y, al mismo tiempo, un pésimo periodista. En consecuencia, fue un rico multimillonario, compró objetos de arte en todos los lugares del mundo, hizo amistades con los personajes más deseados de su época y se construyó un castillo en una finca inmensa en la costa de California. Su vida fue reflejada en la famosa película Ciudadano Kane, de Orson Wells.

Después de una cuidada formación académica, Hearst comenzó su carrera periodística en San Francisco, en el diario "The Daily Examiner". La dirección del periódico fue un regalo de su padre. En él aprendió su fórmula mágica para captar lectores: inventaba noticias, publicaba rumores y distorsionaba hechos. El objetivo era alarmar y atraer los sentimientos más profundos del ser humano: el miedo y la curiosidad. Después de enriquecerse en la costa Oeste, Hearst decidió mudarse a la ciudad de Nueva York en 1895. Allí, en un solo año, elevó la tirada del diario "New York Morning Journal" de 77.000 ejemplares a 1 millón. Sus páginas estaban cubiertas con historias de deportes, escándalos, crímenes, sexo y sucesos. Había perfeccionado el estilo comenzado por su máximo competidor, Joseph Pulitzer, con el diario World: el sensacionalismo o amarillismo.

Uno de sus redactores, Arthur James Pegler, lo resumió en una frase: "Un periódico de Hearst es como una mujer gritando corriendo por la calle con su garganta cortada".

Entre sus métodos novedosos, estaban los grandes titulares, las imágenes espectaculares y la tira cómica satírica. En 1898, decidió ir más allá y provocó una guerra entre Estados Unidos y España por la isla colonial de Cuba. El gobierno de Estados Unidos no aguantó más: los españoles estaban maltratando sin piedad a los cubanos. La situación era delicada, pero todos aquellos últimos sucesos no eran sino ingeniosas mentiras vertidas por el periódico de Hearst. Él estaba encantado: todo el mundo sabe que las guerras venden periódicos.

Cuando heredó el patrimonio de sus padres, decidió volver a vivir en California. Allí construyó un gran castillo en un rancho 68.000 hectáreas en la localidad de San Simeon. Esta construcción se encuentra en lo alto de unas montañas deshabitadas, en frente del océano Pacífico, a medio camino entre Los Ángeles y San Francisco. Ahora es propiedad del estado de California y es visitada diariamente por miles de turistas, como mi amigo Pablo y yo, que alucinamos entre sus salones, piscinas y habitaciones. La arquitectura del castillo es una mosaico de estilos europeos mal combinados, sin orden ni coherencia. Tiene habitaciones de invitados con baños particulares, pistas de tenis, salones comedor, una habitación con billares. En todas ellas, hay objetos de arte colocados al azar, desentonando con las paredes, con los suelos o fachadas. También hay un edificio que imita a una capilla, y dos piscinas espectaculares, una cubierta, la otra con adornos romanos. En el bosque que se extiende en las laderas de la finca, hay ciervos y cebras, donde en su día se ubicó el mayor zoo privado que jamás ha existido.

William Hearst fue un ejemplo de buen empresario y de mal periodista. Su castillo, donde gastó parte de su fortuna, también se puede considerar un ejemplo, un ejemplo de mal gusto.

martes, 12 de abril de 2011

Los estereotipos del fútbol

Puedo afirmar bien alto, sin miedo a contradecir mis principios tolerantes, que he visto prejuicios. Siento decirselo así, a través de una pantalla fría e impersonal, pero puedo prometer que existen: los estereotipos son verdades.

Ustedes coincidirían conmigo si tuvieran la oportunidad de bajar al estadio de deportes de UCLA todos los viernes por la tarde, cuando el reloj pasa ligeramente de las tres. Todas las semanas a la misma hora nos acumulamos en el césped estudiantes llegados desde todos los rincones del mundo.

La dinámica es la del juego auténtico: seguimos las normas aprendidas en el patio del colegio. No hay fueras por las bandas, las porterías se marcan con mochilas y el final del partido llega con el cansancio generalizado. Los equipos se hacen según el color de las camisetas, y se admite a todo aquel que pregunta con timidez si puede meterse al partido.

Durante el desarrollo del juego, uno puede casi adivinar la nacionalidad del jugador que lleva el balón atendiendo a sus movimientos, su actitud, su trato del balón. Y es que la gente deja ver el estilo nacional en su carácter deportivo.

Recuerdo uno de los casos más llamativo. A mitad de partido, entró un nuevo jugador en el equipo rival. El tipo pidió la pelota, la controló y se la quedó con él. La pisaba y volvía a pisar, cubriéndola con el cuerpo, manoseándola. Lo hacía en cualquier lugar del campo, y no se la pasaba a nadie. Era como bailar un tango, despacio, con ritmo, pero sin prisa. Como era de esperar, en su tercer intento, un americano descontrolado le entró con todas sus fuerzas, haciéndole una falta espectacular. El bailarín se quejó con aspavientos, rodó por los suelos, gritó con fuerzas, insultó sin parar. Era argentino, siempre dandole vueltas a las cosas.

De vez en cuando, aparecen dos o tres asiáticos desconocidos. Siempre llegan juntos, en silencio, y están apartados de los demás: tratan de mantener el balón entre ellos, y no interactuán. Son misteriosos. A veces, algunos deciden abandonar la timidez y mostrarse al mundo. Muchos son muy buenos jugadores, técnicos y desequilibrantes. Hace semanas, uno decidió desperezarse y no dudó en placarme, con una zancadilla en el aire, cuando le robe el balón y encaraba portería. Nunca se sabe que se esconde detrás del misterio asiático.

El pasado viernes me quedé bastante sorprendido con la incorporación de dos o tres americanos nuevos. Eran fuertes, incansables en carrera, se dejaban la piel en el césped. Entraban a por el balón con ansia y sin control. Cumplían a la perfección el molde americano, salvo por un detalle importante: eran buenos jugadores. Además del entusiasmo americano, sabían desmarcarse, mover el balón, controlar el juego. Uno de ellos, de nombre Oliver, acertó, incluso, a marcar muchos goles. Yo no podía dar crédito. Al acabar el partido, Pablo explicó mi asombro: aquellos tipos eran británicos, la versión refinada de los americanos.

Uno puede reconcer el lugar de nacimiento, la personalidad del jugador, con sus andares, su control del balón. Los estereotipos se cumplen.

Pero les recuerdo que estamos hablando de fútbol: como dijo Jorge Valdano, la cosa más importante del mundo, dentro de las menos importantes. En las otras cosas, los prejuicios también existen. Pero no deberían.

domingo, 3 de abril de 2011

Las playas del sur

(En primer lugar, solicito sus disculpas por el parón en la escritura de estos relatos. La visita de dos seres queridos, y nuestros viajes por el Oeste americano, me ha entretenido en empresas mayores, y mucho más interesantes, que atenderles a ustedes. Algunas de estas aventuras servirán de inspiración para algún artículo; otras, sin embargo, no pienso ni mencionarlas, pero permanecerán en nuestros dulces recuerdos).

Igual que no se puede entender la nueva villa de Bilbao sin el paseo de Abandoibarra, que recorre paralelo a la ría, o la ciudad de Madrid, sin pasear tranquilamente por los jardínes de Sabatini, uno no puede comprender la leyenda de California sin conocer sus playas soleadas.
Al norte del estado, en las ciudades de la Bahía de San Francisco, uno aún puede encontrar escritores políticos, ingenieros ambiciosos o jóvenes incorformistas. En el sur de California, la vida se organiza en torno a sus playas.

A pesar de que aún no he paseado por las playas sureñas de Hermosa, Redondo o Manhattan, puedo presumir de haberme integrado, bastante a menudo, en el ambiente de las playas más populares de Los Ángeles: Santa Mónica y Venice Beach.

Santa Mónica está construida alrededor de su muelle de madera, donde se sitúan su famosa noria solar, una montaña rusa, puestos de comida rápida y tiendas de recuerdos. Aquí finaliza la antigua carretera 66 y se acumulan los turistas, que reconocen un embarcadero ya conocido: muchas películas y series han mostrado su agotante actividad. Detrás de su cómoda playa, vive una comunidad de personas felices. Sus calles permiten pasear sin coche. En el Third Promenade, una bonita avenida peatonal, los músicos callejeros alegran el ambiente, los restaurantes ofrecen comidas apetecibles y las grandes marcan venden ropa para urbanitas.


Algo más al sur aparece la playa de Venice Beach, cuya orilla está más deshabitada, pues la atención se concentra en el paseo marítimo: estamos ante una versión chiflada y bohemia de Santa Mónica. Aquí, los vendedores ambulantes, vagabundos desorientados y pintores incomprendidos compiten por captar la atención del paseante. No hay restaurantes cuidados ni tiendas caras, sino centros donde recetan marihuana medicinal y puestos de tatuajes y pendientes. En su parte central se encuentran un parque para artistas del monopotín y un gimnasio al aire libre. Si uno tiene tiempo, no debería perderse las vistas desde el bar que ocupa la azotea del hotel Erwin: las vistas son magníficas y los sofas, bastante cómodos.

Mi rincón favorito de Los Ángeles se encuentra entre ambas playas, en el ancho paseo que las conecta, por donde circulan lugareños en monopatines, abuelos retirados, turistas en bicicletas, familias con sus perros. En esta zona, la multitud no es agobiante, hay pistas de volley-playa, los vagabundos juegan al ajedrez en mesas callejeras, y las palmeras coronan un lugar relajado, donde se valora vivir sin prisas, disfrutando cada paso.

Y, aún así, uno puedo seguir admirando, a la derecha, las vistas del popular muelle de Santa Mónica, y sentir, a la izquierda, los vientos hippies del paseo marítimo de Venice Beach.

martes, 15 de marzo de 2011

Rutina

El diccionario de la Real Academia dice lo siguiente:
Rutina: Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas.
En general, la gente ha otorgado a este concepto un carácter negativo. La rutina es aburrida, la rutina es desesperante. Se asocia el término con el trabajo diario, con los estados permanentes, con las relaciones duraderas: con todo aquello que deja de ser novedoso. Es lo que damos por hecho, y, por tanto, nos aburre. Queremos sorpresas.

Yo comprendo esta opinión, pero quiero descubrir otro carácter de la rutina. Desde hace años, he intentado adoptar costumbres que se convierten en práctica, y que me llenan de gusto. Ni les digo la felicidad con la que acudo al Santiago Bernabéu todo los domingos, con la misma camiseta y los mismos pantalones vaqueros, parando a tomar el mismo pincho de tortilla, y bebiéndome las mismas cervezas. Pero es que el fútbol en la grada es lo máximo, dirán. También saboreaba con gusto los cafés que me bebía en la facultad con mis amigos, antes o en horas de clase, día sí, día también.

Estas rutinas son placenteras, y en Los Ángeles he adoptado algunas que celebro con ustedes.

Julien, francés; Keiji, japonés; Aysha, turca, Julia, española; y un servidor llevamos semanas realizando una cena semanal, con estricta puntualidad, en restaurantes con servicio de nuestros países originarios. Cada semana, un participante se encarga de elegir mesa, menú y restaurante: todos acabamos más que satisfechos. Hemos probado vinos y quesos franceses, noodles y bocaditos de carne roja japoneses, carnes turcas bañadas con yogurt, y croquetas y paella a la española. No negarán que es una rutina deliciosa.

Cada domingo, hacia las ocho de la tarde, acudo al mismo bar americano con mi amigo Pablo, degustamos varias cervezas y conversamos sin prisa, en la misma mesa, bajo la misma luz tenue. El bar, acostumbrado al bullicio del fin de semana, nos recibe agradecido cada domingo. Cuando alguna obligación nos impide reunirnos, rara vez, nos adaptamos sin duda a la noche del lunes. No negarán que es una rutina insustituible.

Cualquier día de la semana, sin mucha demora, veo uno o dos capítulos de la serie de televisión "Mad Men", con mi compañero de habitación, Alex. Entre ratos de estudio, después de un largo día de turismo, en mañanas con resaca: cualquier momento es adecuado para disfrutar de los Estados Unidos de los sesenta en forma de obra de arte. No negarán que es una rutina reconfortante.

No se atreverán a negar ustedes que las rutinas también pueden ser positivas.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Crítica al mundo de los adultos

"Somoza may be a son-of-a-bitch, but he is our son-of-a-bitch".
"Somoza puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta".
- el presidente americano Roosvelt, in 1939, sobre Anastasio Somoza, dictador de Nicaragua desde 1936 hasta su asesinato en 1956.
Tomo prestada la anécdota de Aytekin, un amigo turco.

Eran otros tiempos, durante la Guerra Fría: las dos superpotencias Estados Unidos y la Unión Soviética se dedicaban a jugar al risk con el mundo para expandir sus ideologías: el capitalismo y el comunismo. Para ello, ambos países apoyaban a dictadores, provocaban golpes de Estado, o armaban revoluciones. Cualquier medio era válido para defendir la ideología global. En uno de tantos casos, Estados Unidos defendió a la dinastía de los Somoza, dictadores de Nicaragua, que se mantuvo en el poder hasta 1979.

Los primeros meses del invierno de 2011 han sido protagonistas del levantamiento de los pueblos árabes contra sus dictadores. Túnez, Egipto, Libia. También hay protestas en Yemén, Omán, Bahrein, Argelia, y Marruecos. Y aún quedan muchas revoluciones contra dictadores por suceder, que sucederán, en estos y otros lugares del mundo: Cuba, Korea del Norte, Arabia Saudí, etcétera.

Estos acontecimientos provocan en un joven occidental, en primer lugar, admiración: tarde o temprano, ningún tirano está a salvo del hartazgo de su pueblo. Las opiniones de todas las personas se tienen en cuenta a la hora de gobernar, y la democracia se expande en el mundo.
Estos acontecimentos también provocan orgullo, pues han sido los jóvenes quienes han liderado los movimientos.
Estos acontecimientos también provocan incertidumbre: los rebeldes no tienen un plan político asentado e inmediato. Existe miedo por la radicalización de las oposiciones en alza. Muchos rebeldes son jóvenes árabes que sólo quieren libertad, dignidad y futuro. Quieren elegir su vida, y tienen derecho a ello. Les da igual la política.

Estas revoluciones también se pueden mirar desde la perspectiva del adulto de Estados Unidos o Europa. La perspectiva de ese que, con el culo en su salón, lee las noticias en el Ipad. Entonces, la perspectiva cambia, claro.
Para los europeos, lo más preocupante de estos acontecimientos son la subida del precio del petróleo y la posible llegada de inmigrantes del norte de África y Oriente Medio. Para los americanos, lo más preocupante de estos acontecimientos son la subida del precio del petróleo y el juego de alianzas de los países árabes con Israel. A cambio de que todo esto permanezca en calma, los políticos occidentales han abrazado sin rechistar la eternidad de los dictadores que ahora están cayendo. Ningún país democrático occidental hizo nada por mejorar la situación de estos pueblos.

Desde una mirada alejada de la política, esta posición resulta difícil de entender. Es lo que los expertos llaman intereses geopolíticos, realpolitik, o diplomacia política.
La sentencia de Roosvelt puede despejar bastantes dudas: eran hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta.

(Este artículo no tiene vocación política. No es una crítica a gobiernos de derechas ni a gobiernos de izquierda, sino una crítica a todos los gobiernos poderosos. Creer en una política internacional diferente, verdadera, multilateral y democrática suele calificarse de idealista, inocente, de jóvenes. Este artículo es una crítica al mundo de los adultos: seremos jóvenes y pensaremos como tal hasta cuándo nos dé la gana, incluso cuándo ya no lo seamos).